En Chivilcoy, hacia 1942, había una mujer muy consultada. Para litigios, enfermedad, finanzas, robos, tenía consejos de oro. Nunca aceptó pago. De modo que la gente le llevaba huevos o corderos, y a veces confitura casera.
Vivía en las afueras del pueblo. Había que dejar pasar los medios de transporte bajo un aguaribay.
Asombraba su enorme cabellera, anudada en rodete, de un color amarillo. Observadora como es, la gente notó que era peluca.
En una especie de escritorio atendía las cuitas. Se retiraba dejando solos a los clientes por una puerta chica pero doble. Al rato volvía con el consejo.
Así, corrió la voz de que había un espíritu a sus órdenes, y aumentó su prestigio.
Se la veía pasar en un sulky tirado por un alazán. Alguien, para alegría general, descubrió que la peluca estaba hecha con cerdas de la cola del alazán. La noticia cundió, pero sin llegar a sus oídos.
Cuando murió, se atrevieron a abrir la pequeña puerta doble. Comunicaba con un establo, donde tenía a su caballo.

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