El mundo es mi enemigo.
Cómo empecé: vendiendo los cubiertos de mis padres. Hubiera vendido sus corazones aquel día.
Por desgracia, siempre se va de poco a mucho. Ojalá fuera de mucho a más. Por eso borraré la insulsez de los autos robados, las carreras por azoteas y cornisas. No hay tontería de novato que interese.
Ex estudiante de leyes, me divertí en lograr condenas cortas. La cárcel a los hombres no hace mal, dice un tango. Por cierto. Me deparó amistades.
Lo mejor fue después, y lo mejor es siempre inexpresable. Mis bandas, mis mujeres —la primera, la fiel, enloqueció de soportar temores—, mi avión.
Cada peligro me nutre para siempre. Y me he nutrido.
Paso de fronteras, diamantes. En brasil escaseó el combustible, volé llevando tanques de nafta que rebalsaban sobre el piso. Volar sobre una bomba ¿sabe usted algo de eso?
Enemigo mío, mundo.
Es la hora. La que busqué, la verdadera. Como un ciclón, las ametralladoras, los vidrios y las caras estallando ante mí, un compañero muerto a cada lado, el mundo es mi enemigo, yo gritando, acribillado, deshecho, entusiasmado al fin, tranquilo.

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