Una señorita tenía una cabeza de repuesto. Vivía en Comodoro Rivadavia. Quizá por el viento perenne, o por la cerrazón de una sociedad reducida, comenzó a anhelar variedad.
Lo primero, como llevo dicho, fue una cabeza de repuesto. Siendo de tipo armenio, la eligió rubia.
Toda afición o crece o muere. En ambos caso deja de ser afición. En ella creció transformándose en necesidad.
De modo que aumentó sus pertenencias con algunos pares de ojos y de bocas, dos senos magníficos para alternar con los suyos, y un par de pies imposible más graciosos.
Hay secretos que obligan a cambiar de horizonte. Decidió mudarse a otra ciudad. Hizo sus valijas y fue directamente a Buenos Aires.
Para algunos, fue un descenso: de profesora a empleada de tienda. Según su idea, tuvo suerte.
Entró en Harrod’s, en la sección zapatería infantil. Se alegró cuando la trasladaron a perfumería, pues su fuerte no era la paciencia. Además, tenía un don para los perfumes. Vendía bien, y las comisiones le ampliaban el sueldo. Lo cual viene bien a cualquiera, y a ella más que a nadie.
Su vida era apasionante. Llegó a aceptar invitaciones de un mismo hombre —empleado en la sección menaje— haciéndole creer que era dos. Es decir, ella, la vivaz armenia, y una amiga rubia que vivía en su casa. Salían a bailar, y el hombre, aunque contento con las libertades de la rubia, ofreció casamiento a la morena.
El interés de su vida no residía solamente en tales peligros. Bastaba con salir de compras. Con comprar zapatos para ciertos pies, corpiños para ciertos senos, pinturas de ojos y de bocas.
Su vida era ponerse y quitarse, combinar, reír.
Bien dicen que el amor es una prueba de fuego. Llegó. Y fue un amor en serio.
Él era un hombre como ya no quedan. Ella le confesó todo. Lo del empleado de la sección menaje. Y sobre todo su secreto. ¡Si le costó! Pero lo hizo. Llorando como si le extirparan el alma mostró su colección. Juró conservarse morena, armenia, de pechos chicos y pies grandes.
Él… palideció, evidentemente. Apoyado en la ventana dejó pasar todo un cigarrillo de silencio. Esperando una palabra, ya arrepentida de la confesión, ella planeó hacer sus valijas y huir en la madrugada hacia Mendoza. Pero él, volviéndose lentamente, la abrazó. Siempre la querría. En la forma que quisiese tomar. Sólo debía avisarle. Sobre todo al comienzo.
Felicidad del amor cuando da más de lo esperado. De reconocimiento, de alegría, ella bailó una danza loca, lo llenó de besos, lloró a mares, se amaron con transportes, fueron al cine.
Y fueron felices. Debe decirse que él, para expresarlo de algún modo, se envició con ella. Ofrecía tanto.
en cuanto a ella, ver aceptado el más secreto de los secretos fue un remache que nada pudo hacer vacilar.
Se afirma que la cabra al monte tira, y es verdad. Pero tirar no es huir. Hay formas y formas. Ella manejaba su necesidad de transmutación cumpliendo pequeñas extravagancias que no afectaban a nadie y que no tenía necesidad de confesar. Comiéndose una bolsa de plástico oro y negro de las usadas para envolver las compras de su empleo, limpiando el suelo de la cocina con champú para el pelo, yendo a un baile de disfraz sin disfrazarse.
Un día decidieron celebrar su felicidad teniendo un hijo.
Engendrado quedó, y aumentó en volumen y movimiento como es de estilo.
El padre, a fuer de entusiasmado y enamorado, cometió todos los actos que se imponen hoy, cursos de paternidad, consultas en pareja y molestias sin nombre para ambos. Entre ellas, decidió acompañar a su mujer durante el parto.
El niño nació con esplendor. Pero envuelto en la bolsa de plástico oro y negro. Harrod’s Menaje, decía en bellas letras. era un lindo chico, idéntico a su padre, dijeron todos.
El padre dejó la sala de aprtos. Dejó la ciudad. Dejó a la mujer —y al niño— para siempre. El amor es así, cuando se siente traicionado.
Así es un secreto. Nos quiere solos. Solos.

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