De todas las cosas que me han contado de esa tierra, es decir, del espacio que va de Gándara a Guerrero, hubiera dado no sé qué por una.
Había que acercarse en la madrugada; mejor con niebla. esperar hasta que amaneciera. La humedad era inmensa.
Y al levantarse el nublado, en el pasto mojado, en el rocío, era posible verlo, lejos, oscurecido.
Después la blancura aparecía. Las crines sobre un cuello de cisne, poderoso. El pecho ancho y el belfo como azul, los remos sin carne, viriles. Movía la cabeza, los telones de la crin cubrían el ojo, y lo descubrían, brillante como una alhaja.
Era el caballo que canta.
Cantaba, sí. Lo han dicho algunos, que tuvieron suerte.
Cantaba.
Cómo. Con qué voz y sonido.
Yo no sé. Ya lo dije: Daría no sé qué por eso.
Por haberlo visto y por haberlo oído. Pero fue en otro tiempo, anterior.

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