Las treinta y tres mujeres del Emperador Piedra Azul

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Las torturé. Sigo son sed. Las vi morir, nombrando a desconocidos en otras lenguas. No me sacié. Si cada pasto fuera sujeto de humillación y cada estrella un ojo que cegar seguirían mis ansias.

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Pasar, sin pisadas. Hormiga, aire, nada.

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Nació. Lo temí siempre: ojos azules. El rey, mi primo y tío, vino a verlo. Las esposas ocultaban su gozo. Esperé la muerte. sonrió:
—Buena sangre —dijo—. Será rey.

17
Un viajero me vio: sin esperanza, moribunda, muy bella.
Era un error. Nunca existí.
Afuera oigo cantar los pájaros.

23
Esperé diez años. Y me vio.
Llegaba de la guerra. Sangre negra le chorreaba el pecho. Vi sus hijos, sus nietos. Las plumas de sus lanzas también negras, locas de victoria. Mujeres, viejos, perros, chicos eran un solo aullido. Y las cautivas color muerte.
Yo le sostuve la mirada. Mi abuela me pegó.
Celebraron durante muchos días. Los guerreros dormían, vomitaban. Esperé. El rey caminó entre las tiendas. Vi abrir el cuero de mi casa.
Nunca lo nombré. Nunca me nombró. Yo fui rey, el muchacha. Aprendí a gobernar, él a reír.
Suelen hablar. Poco saben de amor.

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Soñé: perdí un diente.
¿Qué haré sin él, que hará sin mí?
Se ha levantado viento sobre el río.
¿Qué hará sin mí, qué haré sin él?

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Llovía. Y llovía mi llanto. Es triste ser mujer del viejo rey. Era de noche, debajo de la manta. En otoño las cosas son así.
Entró en la oscuridad el hijo de mi esposo. Había bebido.
Tal vez se equivocó.
Aquello fue salir al resplandor en un caballo de batalla.
Fue correr. Fue vencer

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Su padre le dijo el día del primer combate:
-Que ninguna mujer te importe más que la guerra.
Su padre le dijo el día del primer banquete:
-Ninguna mujer lleva más lejos que el alcohol.
Su padre le dijo el día del primer sacrificio:
-Atarse a una mujer es apartarse del misterio.
Conoció el combate, el alcohol, el misterio. Me dice: son tres sombras junto a falda roja.

La casta del Sol

En Chivilcoy, hacia 1942, había una mujer muy consultada. Para litigios, enfermedad, finanzas, robos, tenía consejos de oro. Nunca aceptó pago. De modo que la gente le llevaba huevos o corderos, y a veces confitura casera.
Vivía en las afueras del pueblo. Había que dejar pasar los medios de transporte bajo un aguaribay.
Asombraba su enorme cabellera, anudada en rodete, de un color amarillo. Observadora como es, la gente notó que era peluca.
En una especie de escritorio atendía las cuitas. Se retiraba dejando solos a los clientes por una puerta chica pero doble. Al rato volvía con el consejo.
Así, corrió la voz de que había un espíritu a sus órdenes, y aumentó su prestigio.
Se la veía pasar en un sulky tirado por un alazán. Alguien, para alegría general, descubrió que la peluca estaba hecha con cerdas de la cola del alazán. La noticia cundió, pero sin llegar a sus oídos.
Cuando murió, se atrevieron a abrir la pequeña puerta doble. Comunicaba con un establo, donde tenía a su caballo.

Vapor en el espejo

Tokio se llama la tintorería de mi barrio. Su dueña, desde una mesa, vigila los trabajos. Casi no habla español. Entre el vapor sus hijos escuchan tangos en la radio.
El día que me hicieron rector de la Universidad fui a hacer planchar mis pantalones. Los muchachos me dieron una bata mientras esperaba.
Por pudor, la madre dejó el puesto. Lo ignora: enseño lenguas orientales. Pude leer, en la mesa, que escribía: Aquí estabas espejo cuatro años escondido entre papeles. Un rastro de belleza perduraba en tus aguas. ¿Por qué no lo guardaste?

De alguna cosa sirve, comprendí esa tarde, ser rector de la Universidad, experto en lenguas orientales, dueño de un solo pantalón.

Calle Cangallo

De mis hijos prefiero los medianos. Nacieron mientras estaba en Ushuaia. En aquel sitio de frío y sin noticias, porque no sé escribir y mi mujer tampoco. Es lavandera.
Cuando cumplí, volví. Ella se levantó como a pelear. Estaban mis dos primeros hijos y estos dos en el suelo.
Me senté. Ella me sirvió la comida. Después nos miramos. Después miré a los hijos, uno por uno, los dos primeros y estos dos. Me gustaron.
Lloré y ella también lloró. Habían pasado algunos años y se notaba. Tuvimos otros con el tiempo. Fueron seis. Algo es, seis. Algo, seis hijos.
Siendo como soy inclinado a enojarme, a beber, me abstuve de otro crimen no por el pensamiento de Ushuaia sino por ellos, los medianos. No por lindos, pobre de mí, mulato y feo. No por rubios, varón y mujer, y alegres, y yo triste. No por nada, sino que los prefiero, y ellos a mí.
Por los seis vendo diarios tosiendo en esta calle que odio cada noche hasta la madrugada. Pero si alguien, me ve sonreír, es por los medianos.

El hombre en la araucaria

Un hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén bastante lento. No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de la plaza San Martín.
El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello.
Bastante cómodo, tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones.
De noche la vida de la plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse. Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las noches de luna eran las mejores.
Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía.
Salió el sol. Nada como el amanecer entre las copas de los árboles. Muy alta, una banda de pájaros pasó dejando la ciudad a sus pies. Los contempló con una especie de mareo, con lágrimas.
Eso había soñado los veinte años que puso en fabricar sus alas. No en una araucaria.
Los bendijo. Se le fue el corazón tras ellos.
Una sirvienta abrió los postigos en casa de una vieja insomne. Vio al hombre en su nido. La vieja llamó a la policía y a los bomberos.
Con altavoces, con escaleras, lo rodearon.
Tardó en notarlo. Se calzó las alas. Se puso de pie.
Los autos frenaron. La gente se juntó. Se abrieron las ventanas. Vio a sus hijos, con delantales de colegio. A su mujer, con la bolsa dle mercado. A la sirvienta y a la vieja abrazadas.
Las alas funcionaron, despacio. Rozó ramas.
Pero perdió altura. Bajó hasta el monumento. Saltó. Se enhorquetó en ancas del caballo. Tomó de la cintura al general San Martín. Sonreía.
Un policía disparó un tiro.
Quedó sobre el caballo un zapato enganchado.
Pero pudo volar. Lento, avanzó, apenas más alto que las cabezas de los que estaban en la plaza, y nadie respiró observándolo.
Llegó a la torre de los ingleses, el viento lo ayudó hacia el sur.
Vive entre las chimeneas de una fábrica. es viejo y come chocolate.

Tachibaba

Nadie trajo más dinero a la casa de la calle Suipacha que la pequeña Flora, o Tachibana. Ea en 1892. Asombraba su maravillosa ciencia de los sentidos.
Caballeros —política y alcohol— la comentaban en el club.
Uno le ofreció casamiento. Como si fueran un pañuelo le ofreció sus campos, donde cabían cien Japones. Otro, alto y rubio, en un duelo por ella mató al suegro y se mató después.
Esta pequeña Flora, o Tachibana, se preocupaba por en Chan’g, la gran doctrina sin doctrina. Por las mañanas meditaba:‘¿Quién eras antes de que nacieran tus padres?’. Su pensamiento fue invadiéndola hasta compenetrar su habitación.
Y bien, como se sabe, en cierta fecha a las diez de la noche atendía al vicepresidente de la República. Brindaron. El roce de las copas de cristal irrumpió en su oído como cine volcanes. se vio, reverberando como las hojas y las casas y los monstruos y los planetas y el rubor de la fuente.
Dicen que bajó la escalera, su cara refulgía. rió frente a la dueña abriendo los dos brazos.
No es que no volviera a trabajar. Volvió y fue invulnerable.

J. M. Kabiyú Fecit In Ytapuá, 1618

Indio bruto me oí llamar por esto, y es verdad que lo soy, mas no por esto.
Arrodillado lo pinté. Las gotas en mi frente punzaban como las espinas que pintaba en la Suya. Sí, de rodillas lo pinté.
De rodillas pinté también a otro. Mis lágrimas corrían hasta el suelo pensando en él.
Indio bruto me oí llamar por esto, y es verdad que lo soy, mas no por esto.
No por pintar llorando, arrodillado, a Judas.

Divisa

El mundo es mi enemigo.
Cómo empecé: vendiendo los cubiertos de mis padres. Hubiera vendido sus corazones aquel día.
Por desgracia, siempre se va de poco a mucho. Ojalá fuera de mucho a más. Por eso borraré la insulsez de los autos robados, las carreras por azoteas y cornisas. No hay tontería de novato que interese.
Ex estudiante de leyes, me divertí en lograr condenas cortas. La cárcel a los hombres no hace mal, dice un tango. Por cierto. Me deparó amistades.
Lo mejor fue después, y lo mejor es siempre inexpresable. Mis bandas, mis mujeres —la primera, la fiel, enloqueció de soportar temores—, mi avión.
Cada peligro me nutre para siempre. Y me he nutrido.
Paso de fronteras, diamantes. En brasil escaseó el combustible, volé llevando tanques de nafta que rebalsaban sobre el piso. Volar sobre una bomba ¿sabe usted algo de eso?
Enemigo mío, mundo.
Es la hora. La que busqué, la verdadera. Como un ciclón, las ametralladoras, los vidrios y las caras estallando ante mí, un compañero muerto a cada lado, el mundo es mi enemigo, yo gritando, acribillado, deshecho, entusiasmado al fin, tranquilo.

Perplejidades

Por su familia, tuvo y no tuvo suerte. Venía de perros cazadores. Oyó hablar de hazañas. Aquel ardor, aquellas almas. Todos desmesurados.
Primer engaño fue ése, la familia. Segundo su belleza. Nadie dejó de considerarla espléndida.
Y era fútil.
Se encontraba a sus anchas entre los perros y las perras del jardín interior. Lo más banal. Instalada entre tan pobres personalidades, algo como el sonar de un batallón remoto empezaba a sonarle. Era lo oído entre los cazadores, en su familia. Y parecía, se sentía, superior a los nimios.
Volvía a los suyos, al jardín exterior. La demanda que batía en sus sangres le resultaba entonces de mal gusto. Ajena. Lloraba a solas. Se creía una reina destronada.
Tal vez sólo era débil. Como tantos.